Cáncer

Al contar su amargo susurro, su dolor sufrido, mi alma se estremece. Sólo su abrazo un segundo alentó, calmó, curó mi dolor antaño. Hoy su daño es físico, su cuerpo se corroe, sus venas se alambrizan y sus pulmones son punzados con cada aliento de aire nuevo, que no fresco. Encerrada entre sofas y camas, discurre sus días queriendo tener esperanza. Quienes la tratan la aturden con falsas expectativas de mejora a corto plazo, para después fraccionarle el espíritu con más tratamientos y años. Ante sus hijos desborda la energía que no tiene para que no descubran lo que ella vivió de niña, el desvivir de su madre. A su marido ayuda a hacer la cena, aunque su mano sepa que no puede ni siquiera tocar una tecla. Él se hunde, cree ella. Parte coraje, parte rebeldía, no podrán con ella. Al menos impotente es lo cuenta a lejanos amigos, que darían algo para estar con ella cogiendo su mano, mientras desean no verla para que ella no vea su sufrimiento. Impotentes todos, ante la enfermedad temida. Impotentes todos, ante tanto experto certificado. Impotentes todos, ante tanta medicina tradicional, tanta quimioterapia, radioterapia y poco más. Resignados a su confesión de presentimiento juvenil de no vivir lo necesario. Temerosos de lo peor, todos suplicando no perder la esperanza. Promesas de recuperación de los mismos que aturden, no ayudan a confiar que una vida tan noble no acabe mal. Y al descubrir estas letras que mi alma grita, mi aliento se va en su busca para estar a su lado aún sólo en este halo, esperando ser salvada de las líneas enemigas, de las invisibles y las doctoradas.