el jinete

Un hombre enérgico a lomos de su negro corcel, cabalga por suaves valles de prados verdes humedecidos por el rocío matinal. Lo hace 3 veces por semana antes de incorporarse a su monótono trabajo de cuelgaluces, reparavallas y arregla marrones en general. También disfruta del gimnasio semanal y la compañía de los amigos y realiza sus buenas obras ayudando a los recién llegados a encontrar un hogar un par de veces al mes.
Ya tiene sus hijos mayores y lleva años separado, viviendo al cobijo de su madre, disfrutaba de la placidez de una vida sin altibajos, sólo aquellos que él mismo se procuraba.
Hoy hace meses, pocos, que su madre falta. Hoy, hace menos días, que nota que su sueldo no llega para todo. Hoy, ve que a sus hijos les puede faltar trabajo y, hoy, también, se da cuenta de que no puede mantener ni sostener a su nuevo amor.
Morena de tez, sudamericana de origen, le revivió y le alegró las noches y los días, pero hoy que a todos falta, a ella le remata, el peso del retorno y el de no saber ubicarse, el de no poder mantenerse, el de la soledad... y cuando recurre al hombro fuerte de él, él descubre qué es el miedo.
Mil miedos comprimen su pecho, hasta se hizo un electro. Nada, le dijo el médico, sólo es estrés. Por que ahora al miedo se le llama así: estrés.
Miedo a perderla, miedo a tenerla, miedo a su engaño, como el que le han contado entre tantas historias sus amigos. Miedo a no ser lo suficientemente bueno, ni para ella, ni para sus hijos ni para la memoria de su madre. Sé lo come su recuerdo, el de su compañía, el de su caldo, el de su abrigo. Miedo a no sobrevivir, a no pagar la luz, el gas, el agua. Miedo a estar perdido!
Sorprendido de no reconocerse, él es fuerte, él es alegre, él no tiene miedo, pero siente el pecho oprimido. Pierde el cauce, pierde el sentido, pierde ilusión y pierde el camino.
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